Hacía tiempo que no recordaba haber tenido ni un sólo sueño; seguro que soñaba pero era incapaz de recordar lo soñado, hacía tiempo también que no me despertaba sintiéndome tan mal.
Me ahogaba… ese es el primer recuerdo que tengo de mi despertar… me ahogaba, me dolía todo, jamás me había notado tan cansado y tenía ganas de llorar. ¿Por qué?. ¿Alguna vez habeis sentido tanta angustia como para enterrar la cara en una almohada sabiendo que vas a recibir la misma cantidad de aire que si te incorporas?. Creo que esa explicación ya bastaría para que os hagais una idea de como me podía encontrar en aquel momento… luego… bueno, luego no mejoró.
Al ir a levantarme me dolía todo el cuerpo y seguía tan cansado… aunque era normal, cuando desperté intentaba clavar los dedos en el colchón. No se cuanto tiempo pude estar así de agarrotado antes de… antes de ser consciente de que me ahogaba, y desde luego me dolían las manos. Las manos, y los brazos que tenía tan cansados también que en vez de levantarlos fue mi vista la que los recorrió… los nudillos raspados en del derecho… ¿le había pegado a la pared?, ¿qué había soñado?.
Fui hacia el baño sintiendo como la pared era el decorado de una gran máquina de “pinball” y cuando encendí la luz para ver mejor fueron mis ojos los que decidieron que todavía no era el momento; levanté la tapa, meé, tiré de la cadena, la bajé, puse jabón en mis manos (lo sentí en los nudillos), mis manos bajo el agua, la frente contra el espejo… El grifo escupía con un sonido similar al de dentro de mi cerebro y cuando decidí cerrarlo seguro que ya me había ganado una reprimenda de alguna asociación ecologista. Me eché hacia atrás despacio y encontré en el espejo una imagen borrosa de mi mismo según me alejaba gracias a la mancha de grasa que había dejado mi piel contra el cristal… cerré los ojos de nuevo y sentí que me dolía el alma… le pude pegar a la pared en sueños pero estaba bastante seguro de que la pared no me había respondido… y si pensara lo contrario… ¿cómo iba a pensar lo contrario?.
Busqué de nuevo el agua y esta vez mis pestañas se quedaron cerradas pegadas por las gotas mientras tanteaba buscando una toalla, siempre me preguntaré cómo lo consigue hacer la gente que abre los ojos bajo el agua con tanta facilidad.
Confundido volví al cuarto en modo “manual” casi sin abrir los ojos y con las manos por delante, todavía estaba amaneciendo, un poco de luz que pronto convertiría mi cuarto en un horno. Pero aunque en otras circunstancias me hubiera preguntado que hacía levantado tan temprano en esos momentos ahora era lo de menos. En serio… ¿qué soñé?. Me senté en la cama buscando una explicación y debí pasar un buen rato parado pero la luz no me aclaraba nada… más que nada porque cada vez habia menos… ¿”Amanece que no es poco”?. Si claro, ya nada es como se supone que debe serlo. Pero es que no amanecía… anochecía y la luz no venía a saludarme sino que se acababa de ir a jugar al escondite tras la décima planta del algún edificio aunque no haya podido evitar ser coqueta y mirarse en el reflejo de cada ventana. Por cierto, nadie se da cuenta de a la velocidad que gira la Tierra hasta que no se para a contemplar un amanecer o atardecer.
Pero… si no amanece… ¿qué hora es?. Las nueve… de la noche. ¿Qué ostias le ha pasado a mí día?, ¿lo he pasado durmiendo?, y después me quejaré de lo rápido que pasa el tiempo y de lo viejo que me voy haciendo. El sueño se abre paso entre mis recuerdos… yo… venía en el metro…
Voy en metro. Es tarde desde luego para el autobús, justo para el último metro, indiferente para el taxi salvo para mi cartera, aunque eso no me preocupa, vida de parado, paga y tiempo libre. Y a esa hora el tren… no está vacío, siempre hay gente en el último metro, el señor que dedica unos minutos a sus sueños funambulistas, y que milagrósamente despertará en su parada, el chico de la gorrilla que ha decidido que no sólo el vagón sino el tren entero disfrute de su “música” (estoy por comprarle unos auriculares para el móvil, y después estrangularle con ellos), la chica que me mira y que me ha sonreído cuando pensaba si el cable de los auriculares se podria considerar un complemento el el pescuezo o si el móvil a todo volumen y sobre todo esa música podría considerarse un eximente. En el otro vagón una señora que mira con desconfianza a ese chico con el pelo largo y tendencia a vestir de negro (y mal) que se ha sentado en el suelo en vez de en un asiento libre (que vida más triste), quien a su vez mira con desconfianza a esa señora demasiado bien vestida con anillos que deben haber sido diseñados para hacer pesas y cara de haber sentido algo por última vez con la primera palmada en el culo el día de su nacimiento (que vida más triste). Un conductor (espera, ¿los trenes no podrían ir solos por los railes y frenar automáticamente en cada estación?, ¿de verdad va alguien en la cabina?) y…. ¿una chica me ha sonreído?.
Me giro hacia ella. Eso, con sutileza, menudo “marrón” me acaba de colocar. Pero… es que me ha pillado porque me iba mirando. Entonces yo también la he “enmarronado”… ¿no?. Vale, no, yo me he puesto como un tomate y desviado la vista como si así no se notara, ella no sólo no parece sentir vergüenza sino que además vuelve a sonreirme… o probáblemente se esté riendo de mí. Si es eso, mantenle la mirada, córtala… vale, un nuevo fracaso, no se corta y a mí me queman hasta las orejas. Es pequeña, es… es guapísima. Cada segundo que me mira me quema, cada segundo que aparta la vista tiemblo. Son seis paradas, son doce minutos, es ella, es… no quiero volver a mirar nada más que no sea ella, quiero que el tren no haga paradas nunca más en esa vía circular, quiero abrazarla, quiero besarla, quiero… ¡Pradillo!. ¡Mi parada!. No me quiero bajar…
Salgo y ando sin mirar hacia el vagón, ella no se ha levantado. Aguanto hasta llegar a la escalera mecánica y miro hacia el andén, ella me mira a través de la ventana del tren que se aleja. ¿Alguna vez seré capaz de lanzarme en una situación así y por ejemplo presentarme?. Vale, si ya se que se reía de mí no se porqué querría presentarme… pero quiero volver a verla.
Saco el bono, atravieso el torno de salida y una vez más engancho el cordón de mis auriculares y tiro el mp3 al suelo. El “gorrilla” sigue mis pasos incluso cuando salgo a la calle y con la suerte que tengo me tendré que aguantar su música hasta el portal. ¡Es que escucho más su música que lo que suena en mi mp3!. Bajo el ritmo porque encima parece que está compitiendo conmigo en ver quien camina más rápido y dejo que se largue con la música a otra parte y nunca mejor dicho.
Giro a la derecha y me encuentro ante la cuesta de la ermita que siempre se me hace eterna (la cuesta, no la ermita que sólo tiene tres siglos). Pero esta noche no sólo se me hace larga… hay algo más… y me paro en mitad de la cuesta, me quito un auricular… El niño del móvil ha ido por la derecha pero ya no le oigo… y se me eriza la piel, no le oigo a él, ni a nadie, ni nada más, sólo un silencio que grita que algo no va bien. Vuelvo a andar y por primera vez lo pienso… la cuesta de la Ermita de Móstoles, de noche, si apagan las farolas… perfecto para rodar una escena de miedo. Esta noche están encendidas y ya lo estoy sintiendo.
Llego a la altura de la ermita y la paso por la izquierda mirando a todos lados, “madre mía lo que cagan las palomas, está el suelo que da asco” pienso mientras una risa ridícula sale de mi boca ante un intento igual de ridículo de intentar pensar en otra cosa. Y ahí apoyada en la puerta me espera, nunca he sentido mayor felicidad, me espera su sonrisa, me esperan sus ojos, me esperan sus labios… pero si vi como se iba en el tren… mi corazón se aceleró nada más verla, por eso reacciona un un segundo antes de que mi cerebro asimile que necesita bombear toda la sangre que pueda a mis piernas, justo más o menos cuando su sonrisa desaparece. La quiero.
No se ni de que huyo, ni de que tengo miedo pero me giro para volar cuesta abajo… y ya se que me asusta, está enfrente mía, a menos de diez centímetros, mirando hacia mi cara que muestra casi el mismo gesto que tendría si me acabaran de decir que mi vida depende de calcular la raiz cúbica de mil doscientos cincuenta y seis. No lo comprendo, pero tengo miedo… y ni siquiera la he visto adelantarme… ¿cómo puede ser tan guapa?. Fin.
Sigo sentado en mi cama y según la recuerdo sonrío, es automático. El sueño… bueno, es un sueño, raro, incluso un poco en plan terror, pero no sólo lo recuerdo sino que además creo que nunca he tenido un sueño tan nítido… y vuelvo a rememorarlo una y otra vez. Si una puesta de sol es rápida, nada gana a lo que podemos pensar en un instante, y durante un segundo dedico un año a pensar en ella, a echarla de menos, a saber que no tendría ninguna oportunidad a su lado porque soy yo, a saber que jamás la olvidaría porque es ella.
El Sol me dedica un guiño cegador en la última ventana mientras me rasco el cuello…. joder… duele. Me miro la mano izquierda y la observo manchada de sangre… un golpe en la puerta de la terraza… ¡es ella!… ¿en la terraza de una quinta planta?… me regala su sonrisa de nuevo… la echaba tanto de menos… me levanto a pesar del cansancio mientras en algún punto de mi mente una voz lejana grita… subo el cierre de la puerta y casi no puedo correrla, me pierdo en sus ojos justo para sacar fuerzas y abrir tres centímetros, apoya su mano en el marco mientras su sonrisa desaparece como en mi sueño… Fin.