Baílame el agua

Báilame el agua.
Úntame de amor y otras fragancias de su jardín secreto.
Riégame de especias que dejen mi vida impregnada de tu olor.
Sácame de quicio.
Llévame a pasear atado con una correa que apriete demasiado.
Hazme sufrir.
Aviva las ascuas.
Ponme a secar como un trapo mojado.
No desates las cuerdas hasta que sea tarde.
Sírveme un vaso de agua ardiente y bendita que me queme por dentro, que no sea tuya ni mía, que sea de todos.
Líbrame de mi estigma.
Llámame tonto.
Sacrifica tu aureola.
Perdóname.
Olvida todo lo que haya podido decir hasta ahora.
No me arrastres.
No me asustes.
Vete lejos.
Pero no sueltes mi mano.
Empecemos de nuevo.
Sangra mi labio con sanguijuelas de colores.
Fuma un cigarro para mí.
Traga el humo.
Arréglalo y que no vuelva a estropearse.
Échalo fuera.
Crúzate conmigo en una autopista a cien por hora.
Sueña retorcido.
Sueña feliz, que yo me encargaré de tus enemigos.
Dame la llave de tus oídos.
Toca mis ojos abiertos.
Nota la textura del calor.
Hasta reventar.
Sé yo mismo y no te arrepentirás.
¿Por cuánto te vendes? Regálame a tus ídolos.
Yo te enviaré a los míos.
Píllate los dedos.
Los lameré hasta que no sepan a miel.
Hasta que no dejen de ser miel.
Sal, niega todo y después vuelve.
Te invito a un café.
Caliente claro.
Y sin azucar. Sin aliento.

Báilame el agua dirigida en el año 2000 por Josecho San Mateo y protagonizada por Unax Ugalde, Pilar López de Ayala, Juan Díaz, Benjamín Seva, Fede Celada, Antonio Dechent

No me toques los… festejos

Tafalla, día 14 de Agosto de 2009, en el ambiente se respira esa sensación prefiestas antes de que la explosión del chupinazo libere un orgasmo de felicidad que hace que durante una semana todos podamos celebrar como hermanos, sin diferencias, sin historias, olvidando por unas horas las ideologías todo lo posible y haciendo otro tanto por mirar hacia otro lado cuando tanto de un lado como de otro parecen no entender que estos días son “sagrados”.

Pero si hay que recordarlo dentro no podemos esperar que desde fuera lo comprendan y es que desde la Audiencia Nacional se habían prohibido varios actos en apoyo a los presos de ETA, entre ellos los ya habíatuales brindis y encartelada del Viernes y la comida pro-presos.

Puedes estar a favor o en contra de una ideología pero creo que cualquiera con dos dedos de frente se da cuenta de que mandar a las fuerzas antidisturbios y a la guardia civil el mismo día del comienzo de las fiestas no es una decisión muy lógica… y eso fue lo que pasó. Y tampoco hace falta estar de una parte o de otra para reconocer las malas maneras y los modos intimidatorios con que se comportaron cuando entraron en el Azoka y en el Pasadizo para que todos los que se encontraban dentro se identificaran… teniendo en cuenta además que se equivocaron de bar pues el brindis estaba convocado en el Pasadizo de los Txistularis. Aún así el Pasadizo fue ocupado anunciándose su cierre lo que provocó que la tensión se incrementara sólo media hora antes del chupinazo.

Al final, gracias a las gestiones de la alcaldesa, Cristina Sota (UPN), se evitó el cierre del Pasadizo y las fuerzas antidisturbios se retiraron cinco minutos antes de las 12.

El resultado fue que en Tafalla había algo más en el aire que las ganas por disfrutar de la fiesta, algo que hacía que no se pudiera gritar de felicidad como otros años… había tensión, había cabreo, había indignación… y ya no por un motivo político sino por la fecha en la que se producía.

El chupinazo se lanzó y las peñas que desde el primer segundo agitan el aire con su música y sus risas no se movieron… media hora tardó la Plaza de Navarra en empezar a recuperar ese ambiente y en recordar que por fin, un año más, son fiestas.

Aún así sobre la 13:00, hora del brindis, policías de paisano requerían la identificación a diversos transeuntes al lado del Pasadizo lo que provocó una nueva concentración de rechazo en la Placeta de las Pulgas.

Este año me pierdo las fiestas pero desde lejos con la tristeza y la rabia de tener que leer lo que fue el primer día vuelvo a repetir, da lo mismo de que lado esté uno, pero las fiestas dejarlas en paz.

A veces también se reir

La verdad es que me cuesta, me cuesta escribir bonito, me cuesta escribir feliz… me preguntaban si no hay momentos felices, si no hay momentos en que no me tenga que quejar de algo, si no habrá un artículo en que parezca que lo haya terminado con una sonrisa…

Sí, si hay momentos felices, si hay momentos en que lo que escribo no es un vómito de quejas y llantos, si hay momentos en que en vez de leer algo que alimente mi mala leche y me haga acudir ante el teclado me ha hecho reir… y sin embargo temo esos momentos porque cuando los veo sobre la pantalla ninguno me hace terminar con una sonrisa… símplemente porque ninguno consigue reflejar de forma decente ese instante… ¿tan difícil resulta escribir algo alegre?… pues supongo que sí, o al menos a mi se me resiste porque no tengo nada más que escribir algo feliz para que un segundo después de leerlo ya esté buscando la papelera desesperádamente.

Alguien decía que es mucho más difícil hacer reir que llorar y creo que tenía razón, porque es mucho más sencillo regodearse en las penas, alimentarlas hasta que su peso te aplaste sin que recuerdes que fuiste tú mismo el que las dejó crecer; y sobre todo es más sencillo coger un micrófono, un bolígrafo o un teclado y hablar de lágrimas que de guiños, de despedidas que de encuentros, de golpes que de caricias, de que te falta el aire de lo que te duele el alma que de que una risa te ha dejado sin aliento.

Sin embargo, aunque ahora mismo le esté dando mil vueltas para describirlos y cada ocurrencia me parezca peor, nadie te puede quitar esos momentos.

Los momentos en que a uno le vuelve esa sonrisa de pillo recordando más de 20 años después el sabor del Calcio 20 cuando se tomaba chupitos extra a escondidas.

El mareo que te da cuando has comido tanto azucar que tu cuerpo se satura y notas que se te va la cabeza (y eso no es de hace 20 años).

La clase que te perdiste porque un profesor te dijo que o le contabas a todos de que te reías o te ibas de clase… y preferiste irte al descansillo a descojonarte.

La cara del profesor cuando sale al buscarte al descansillo y te dice que o te dejas de reir o te vas al patio porque molestas… y te vas al patio porque cuando estabas tranquilizándote ves su indignación y te vuelve a dar la risa.

El momento en que sales corriendo para que no te pille un profesor que acaba de ver que por delante de su ventana pasaba un alumno levitando mientras meditaba como buda.

Las mañanas en que te levantas con tu mejor voz en versión cazallero y sonríes porque recuerdas que anoche te dejaste la garganta cantando.

El momento en que buscas que cojones es la cazalla mientras escribes un artículo como éste y aprendes que existe un pueblo en Sevilla llamado Cazalla de la Sierra donde se hacen destilados de anís (más fuertes y sin dulzor).

Los días en que te duele un golpe en el hombro y piensas contra que te habrás golpeado hasta que caes en que en el pogo de anoche (cuando te dejabas la garganta) lo raro es contra que no te golpeaste.

Las tardes en que te reíste hasta las lágrimas con un amigo cuando viste como desmontaba un tóner de un guantazo durante una demostración práctica.

Los anocheceres cuando un vecino te mandó callar porque te reías mucho y sólo consiguió que te rieras más.

Esa noche loca en que le entraste a la chica a la que se supone que ibas a convencer para que le diera una oportunidad a tu amigo.

La noche en que convenciste a tu amigo para no salir sólo, te fuiste al baño y una hora después mientras te dabas el palo con una niña recuerdas que le dijiste a tu amigo que volvías en seguida y por alguna razón ya se ha ido.

Las noches en que escuchando la radio has hundido la cabeza en la almohada para no despertar a todo el piso con tus carcajadas.

El momento en que leyendo artículos llenos de la mala leche de Risto te descubres riendo sin parar cuando viaja a Los Ángeles y alquila un Hummer amarillo (y no sigo contando para no quitarle la gracia).

El minuto en que cuando va perdiendo tu equipo y parece que no hay nada que hacer por una vez pones el pie donde debes, consigues empatar y ves a un tío casi tan grande como tú que viene corriendo a levantarte en peso (creo que todavía está en tratamiento por lo de su espalda).

Los diez segundos en que el socorrista te pide “un poquito de por favor” para que dejes de magrearte con la respectiva y piensas que vas a evaporar todo el agua de la piscina de lo rojo que te debes haber puesto.

El segundo en que la ves por primera vez y te duele todo.

La milésima antes de que sus labios toquen los tuyos y en realidad ya los estás sintiendo.

El día entero que te dura la cara de gilipollas después del primer polvo.

El momento en que notas que llevas esa cara porque te empiezan a doler los músculos faciales.

El segundo en que al mirarte al espejo y verte con esa cara de gilipollas comprendes porque te han preguntado ¿qué, ya has mojado?.

Lo que eres capaz de esperar hasta que por fin lo repites de nuevo.

La primera vez que amaneces con ella.

Lo que dura el mejor abrazo que jamás te han dado y en el que por primera vez todo tu cuerpo encaja perféctamente con el de otra persona sin haberlo buscado y no quieres volver a separarte.

Darte cuenta de que has encontrado al mejor amigo que jamás podrás tener.

Descubrir que lo darías todo por una persona.

Descubrir que hay una persona que lo daría todo por tí.

Cuando das las gracias por cada momento y por cada persona que lo hizo posible.

Cuando haces esta lista y te das cuenta de que repetirías con los ojos cerrados cualquiera de estos momentos.

Cuando te das cuenta de que todavía te queda tiempo para hacerlo.

P.D. Releer lo escrito y pensar que podría estar peor.

And no one cares

Son las dos y cuarto de la madrugada y te retiras sin sueño y sin sueños, esperabas ver estrellas fugaces y al final comprendiste en un instante fugaz como tus últimas ganas se estrellaban.

Ganas de que alguien apreciara el contenido en vez de huir del continente para terminar avergonzándote de tí mismo y sopesando huir del continente cuando te descubres pensando en ideas tan vacías de contenido, quizás si te esfuerzas alguien se interese por lo primero y te de tiempo a que descubra lo segundo… ¿o era al revés?.

En todo caso sabes que cuadrar una fórmula donde los dos términos sean verdaderos en este campo es más díficil que saber si el gato de Schödinger vive sin abrir la caja.

Sin embargo si tienes muy claro un concepto que lejos de ser matemático se puede formular como que el esfuerzo que hagas en que algo de lo que eres sea apreciado produce un efecto inverso y totálmente proporcional a que sea concebido como tal… pero entonces… ¿de que forma podemos compaginar eso con la certeza de que no sólo el tiempo sino el espacio son relativos y que la duración de un segundo y la longitud de un centímetro son diréctamente proporcionales a lo que quieres a la persona de la que estás separado?. Olvida las fórmulas matemáticas, las matemáticas son pura lógica y ya has podido comprobar como este mundo es de todo menos lógico. (Por cierto, que no puedo imaginar al gato comportándose como una onda salvo que sea capaz de decir “teletranspórtame Scotty“).

En fin, que cuando vuelves de este viaje alucinatorio, que no alucinante, por tus fracasos matemáticos vitales te encuentras pensando en irte, lo más lejos posible… pero… lejos en espacio… lejos en tiempo…. ¿por qué piensas de nuevo en espacio-tiempo?. Quizás es que te quieras alejar a hipervelocidad pero dudas de si en algún punto será el momento de parar, o si llegarás tan lejos sólo para darte cuenta de que no hay sitio ni tiempo suficiéntemente lejos.

Puedes viajar a la otra punta del globo pero sabes que las ganas de volver no te dejarán descansar y que la añoranza destruirá el resto de tus días, y si te alejas en vez de días, años, tienes seguro que en el último suspiro no podrás mentir diciendo que en algún momento no lo echaste de menos, y además no habrás tenido ni un segundo en que no te hayas arrepentido de no haber hecho las cosas de otra forma. Tal y como decía el personaje de William Wallace en Braveheart ” Huid y viviréis… un tiempo al menos. Y cuando estéis en vuestro lecho de muerte dentro de muchos años, ¿no cambiaréis todos los días desde aquí hasta entonces por una oportunidad, sólo una oportunidad, de volver aquí y…?

Es en ese momento cuando un pensamiento que tiene la misma profunda maldad que un niño de 6 años, y posíblemente algo menos de madurez, escondiéndose un caramelo en una tienda, se te pasa por la cabeza. Si te vas no olvidarás pero quizás entonces si te echen de menos, quizás entonces todos sepan lo que no supieron ver, quizás entonces… y la sonrisa en tu boca se empieza a torcer mientras te das cuenta de que por mucho que desees que te echen de menos símplemente no lo van a hacer porque no les importa, que el único que no olvidará serás tú.

Son las tres de la madrugada, te vuelves a poner Linkin Park y sales a la terraza porque puede que todavía haya una oportunidad para que San Lorenzo te regale una lágrima viendo que a tí ya te quedan pocas. “Looking for help, somehow, somewhere. And no one cares

Contra la Necrofobia - En ocasiones veo vivos

Requiescat in paœ. Vaya gilipollez. Como si todo el mundo se hubiese cansado en vida. Hay quien debería lucir sobre su tumba justo lo contrario. Que se canse un poco para llegar al más allá. Que se joda. Que a este sé lo pongan aún más allá. O mejor; que intente descansar en medio de un conflicto de mil pares de bemoles, que no veas la que nos liaba aquí.

Si, como mínimo, los epitafios fuesen honestos. Si, como máximo, en los funerales se reservase el derecho de admisión.

Pero no. Cuando alguien muere, toca hablar maravillas del finado. Y como ya dijo el sabio, nada como palmarla para que hablen bien de uno. La única parte que entiendo de tanta delicadeza es la de no meterse con alguien que ya no se puede defender. Con lo cual, para mí, cagarse en los muertos no es una falta de respeto, sino de valentía. Y de cobardes están hechas las barras de bar; las cunetas de la miseria, los escaños del corazón.

Pues la verdad, me suena todo a patraña, perdón, a campaña para los que nos quedamos, y que los demás vean lo buenos que somos, que hasta a los que ya no nos oyen les dedicamos nuestros mejores deseos. Qué magnánimos, qué sensibles, cuánta misericordia, y qué par de huevos que nos gastamos.

Nos da igual. Ésa es la puñetera verdad. Nos la trae muy floja. Hablamos con respeto sumarísimo de allegados y conocidos, y luego nos la suda que en este mundo la palme un niño cada tres segundos por falta de agua potable.

Al fin y al cabo, es lógico. ¿Lo conocíamos? No, ¿verdad? Pues hala, que lo llore quien deba. Nos impacta lo que dura el dato, la noticia o la página, lo mismo que tardamos en separar de nuevo conceptos idealmente tan antagónicos como infancia y muerte.

Las peores noticias siguen una macabra regla de tres que relaciona distancia física, número de fallecidos e impacto emocional que nos produce. Un muerto en nuestra escalera equivale a dos en el barrio, diez en nuestra ciudad, cien en nuestro país, mil en un país vecino y diez mil en un conflicto con cambio de alfabeto.

Eso si, Barceló, un genio. Colocar semejante bodrio a cuenta de veinte millones de euros que podrían haber sido destinados al desarrollo, la nutrición infantil o la educación, eso si que tiene arte. Dan ganas de poner bajo eso a lo que llaman cúpula a doscientos niños a punto de morirse de hambre para que chupen los treinta y cinco mil litros de pintura, a ver si así llegan a adultos sanos y fornidos y le pegan una paliza a todos y cada uno de los que la han financiado.

Calla, que me voy.

El caso es que tampoco entiendo qué nos pasa con la muerte. Por qué la escondemos tanto. Por qué la ignoramos asi. Por qué hemos hecho de la Parca un personaje de celuloide rebozado en salsa de ketchup, a cambio de recluir a la muerte real, la de la vida misma, a los tanatorios, esos espacios cada vez más parecidos al aeropuerto secundario de un país nórdico. Como si creyésemos que, al olvidarnos de ella, ella se acabará olvidando de nosotros.

Con lo inexorable que es morirse de algo. Lo bonito que es morirse por algo. Y lo necesario que es morirse por alguien.

Perdón por la simpleza. Pero es que cada 20N, Día Universal del Niño, me dan ganas de exiliarme con efectos retroactivos.

Aunque eso fue el otro día.

Quién coño se acuerda.

Risto Mejide

El sentimiento negativo

Editorial Espasa

Somos quienes somos

Hacía tiempo que no recordaba haber tenido ni un sólo sueño; seguro que soñaba pero era incapaz de recordar lo soñado, hacía tiempo también que no me despertaba sintiéndome tan mal.

Me ahogaba… ese es el primer recuerdo que tengo de mi despertar… me ahogaba, me dolía todo, jamás me había notado tan cansado y tenía ganas de llorar. ¿Por qué?. ¿Alguna vez habeis sentido tanta angustia como para enterrar la cara en una almohada sabiendo que vas a recibir la misma cantidad de aire que si te incorporas?. Creo que esa explicación ya bastaría para que os hagais una idea de como me podía encontrar en aquel momento… luego… bueno, luego no mejoró.

Al ir a levantarme me dolía todo el cuerpo y seguía tan cansado… aunque era normal, cuando desperté intentaba clavar los dedos en el colchón. No se cuanto tiempo pude estar así de agarrotado antes de… antes de ser consciente de que me ahogaba, y desde luego me dolían las manos. Las manos, y los brazos que tenía tan cansados también que en vez de levantarlos fue mi vista la que los recorrió… los nudillos raspados en del derecho… ¿le había pegado a la pared?, ¿qué había soñado?.

Fui hacia el baño sintiendo como la pared era el decorado de una gran máquina de “pinball” y cuando encendí la luz para ver mejor fueron mis ojos los que decidieron que todavía no era el momento; levanté la tapa, meé, tiré de la cadena, la bajé, puse jabón en mis manos (lo sentí en los nudillos), mis manos bajo el agua, la frente contra el espejo… El grifo escupía con un sonido similar al de dentro de mi cerebro y cuando decidí cerrarlo seguro que ya me había ganado una reprimenda de alguna asociación ecologista. Me eché hacia atrás despacio y encontré en el espejo una imagen borrosa de mi mismo según me alejaba gracias a la mancha de grasa que había dejado mi piel contra el cristal… cerré los ojos de nuevo y sentí que me dolía el alma… le pude pegar a la pared en sueños pero estaba bastante seguro de que la pared no me había respondido… y si pensara lo contrario… ¿cómo iba a pensar lo contrario?.

Busqué de nuevo el agua y esta vez mis pestañas se quedaron cerradas pegadas por las gotas mientras tanteaba buscando una toalla, siempre me preguntaré cómo lo consigue hacer la gente que abre los ojos bajo el agua con tanta facilidad.

Confundido volví al cuarto en modo “manual” casi sin abrir los ojos y con las manos por delante, todavía estaba amaneciendo, un poco de luz que pronto convertiría mi cuarto en un horno. Pero aunque en otras circunstancias me hubiera preguntado que hacía levantado tan temprano en esos momentos ahora era lo de menos. En serio… ¿qué soñé?. Me senté en la cama buscando una explicación y debí pasar un buen rato parado pero la luz no me aclaraba nada… más que nada porque cada vez habia menos… ¿”Amanece que no es poco”?. Si claro, ya nada es como se supone que debe serlo. Pero es que no amanecía… anochecía y la luz no venía a saludarme sino que se acababa de ir a jugar al escondite tras la décima planta del algún edificio aunque no haya podido evitar ser coqueta y mirarse en el reflejo de cada ventana. Por cierto, nadie se da cuenta de a la velocidad que gira la Tierra hasta que no se para a contemplar un amanecer o atardecer.

Pero… si no amanece… ¿qué hora es?. Las nueve… de la noche. ¿Qué ostias le ha pasado a mí día?, ¿lo he pasado durmiendo?, y después me quejaré de lo rápido que pasa el tiempo y de lo viejo que me voy haciendo. El sueño se abre paso entre mis recuerdos… yo… venía en el metro…

Voy en metro. Es tarde desde luego para el autobús, justo para el último metro, indiferente para el taxi salvo para mi cartera, aunque eso no me preocupa, vida de parado, paga y tiempo libre. Y a esa hora el tren… no está vacío, siempre hay gente en el último metro, el señor que dedica unos minutos a sus sueños funambulistas, y que milagrósamente despertará en su parada, el chico de la gorrilla que ha decidido que no sólo el vagón sino el tren entero disfrute de su “música” (estoy por comprarle unos auriculares para el móvil, y después estrangularle con ellos), la chica que me mira y que me ha sonreído cuando pensaba si el cable de los auriculares se podria considerar un complemento el el pescuezo o si el móvil a todo volumen y sobre todo esa música podría considerarse un eximente. En el otro vagón una señora que mira con desconfianza a ese chico con el pelo largo y tendencia a vestir de negro (y mal) que se ha sentado en el suelo en vez de en un asiento libre (que vida más triste), quien a su vez mira con desconfianza a esa señora demasiado bien vestida con anillos que deben haber sido diseñados para hacer pesas y cara de haber sentido algo por última vez con la primera palmada en el culo el día de su nacimiento (que vida más triste). Un conductor (espera, ¿los trenes no podrían ir solos por los railes y frenar automáticamente en cada estación?, ¿de verdad va alguien en la cabina?) y…. ¿una chica me ha sonreído?.

Me giro hacia ella. Eso, con sutileza, menudo “marrón” me acaba de colocar. Pero… es que me ha pillado porque me iba mirando. Entonces yo también la he “enmarronado”… ¿no?. Vale, no, yo me he puesto como un tomate y desviado la vista como si así no se notara, ella no sólo no parece sentir vergüenza sino que además vuelve a sonreirme… o probáblemente se esté riendo de mí. Si es eso, mantenle la mirada, córtala… vale, un nuevo fracaso, no se corta y a mí me queman hasta las orejas. Es pequeña, es… es guapísima. Cada segundo que me mira me quema, cada segundo que aparta la vista tiemblo. Son seis paradas, son doce minutos, es ella, es… no quiero volver a mirar nada más que no sea ella, quiero que el tren no haga paradas nunca más en esa vía circular, quiero abrazarla, quiero besarla, quiero… ¡Pradillo!. ¡Mi parada!. No me quiero bajar…

Salgo y ando sin mirar hacia el vagón, ella no se ha levantado. Aguanto hasta llegar a la escalera mecánica y miro hacia el andén, ella me mira a través de la ventana del tren que se aleja. ¿Alguna vez seré capaz de lanzarme en una situación así y por ejemplo presentarme?. Vale, si ya se que se reía de mí no se porqué querría presentarme… pero quiero volver a verla.

Saco el bono, atravieso el torno de salida y una vez más engancho el cordón de mis auriculares y tiro el mp3 al suelo. El “gorrilla” sigue mis pasos incluso cuando salgo a la calle y con la suerte que tengo me tendré que aguantar su música hasta el portal. ¡Es que escucho más su música que lo que suena en mi mp3!. Bajo el ritmo porque encima parece que está compitiendo conmigo en ver quien camina más rápido y dejo que se largue con la música a otra parte y nunca mejor dicho.

Giro a la derecha y me encuentro ante la cuesta de la ermita que siempre se me hace eterna (la cuesta, no la ermita que sólo tiene tres siglos). Pero esta noche no sólo se me hace larga… hay algo más… y me paro en mitad de la cuesta, me quito un auricular… El niño del móvil ha ido por la derecha pero ya no le oigo… y se me eriza la piel, no le oigo a él, ni a nadie, ni nada más, sólo un silencio que grita que algo no va bien. Vuelvo a andar y por primera vez lo pienso… la cuesta de la Ermita de Móstoles, de noche, si apagan las farolas… perfecto para rodar una escena de miedo. Esta noche están encendidas y ya lo estoy sintiendo.

Llego a la altura de la ermita y la paso por la izquierda mirando a todos lados, “madre mía lo que cagan las palomas, está el suelo que da asco” pienso mientras una risa ridícula sale de mi boca ante un intento igual de ridículo de intentar pensar en otra cosa. Y ahí apoyada en la puerta me espera, nunca he sentido mayor felicidad, me espera su sonrisa, me esperan sus ojos, me esperan sus labios… pero si vi como se iba en el tren… mi corazón se aceleró nada más verla, por eso reacciona un un segundo antes de que mi cerebro asimile que necesita bombear toda la sangre que pueda a mis piernas, justo más o menos cuando su sonrisa desaparece. La quiero.

No se ni de que huyo, ni de que tengo miedo pero me giro para volar cuesta abajo… y ya se que me asusta, está enfrente mía, a menos de diez centímetros, mirando hacia mi cara que muestra casi el mismo gesto que tendría si me acabaran de decir que mi vida depende de calcular la raiz cúbica de mil doscientos cincuenta y seis. No lo comprendo, pero tengo miedo… y ni siquiera la he visto adelantarme… ¿cómo puede ser tan guapa?. Fin.

Sigo sentado en mi cama y según la recuerdo sonrío, es automático. El sueño… bueno, es un sueño, raro, incluso un poco en plan terror, pero no sólo lo recuerdo sino que además creo que nunca he tenido un sueño tan nítido… y vuelvo a rememorarlo una y otra vez. Si una puesta de sol es rápida, nada gana a lo que podemos pensar en un instante, y durante un segundo dedico un año a pensar en ella, a echarla de menos, a saber que no tendría ninguna oportunidad a su lado porque soy yo, a saber que jamás la olvidaría porque es ella.

El Sol me dedica un guiño cegador en la última ventana mientras me rasco el cuello…. joder… duele. Me miro la mano izquierda y la observo manchada de sangre… un golpe en la puerta de la terraza… ¡es ella!… ¿en la terraza de una quinta planta?… me regala su sonrisa de nuevo… la echaba tanto de menos… me levanto a pesar del cansancio mientras en algún punto de mi mente una voz lejana grita… subo el cierre de la puerta y casi no puedo correrla, me pierdo en sus ojos justo para sacar fuerzas y abrir tres centímetros, apoya su mano en el marco mientras su sonrisa desaparece como en mi sueño… Fin.

Instrucciones para dar un abrazo

Cualquiera puede estrecharte entre sus brazos. No hay que ser muy listo, ni muy fuerte, ni muy sabio, ni muy nada. Alguien va, abre sus brazos de par en par y te envuelve de carne y huesos. Y qué. El pavo relleno hace lo mismo y conozco a poca gente ansiosa por meterse dentro.

Desde que encima hay desconocidos que los dan gratis por la calle, el valor del abrazo ha caído en picado. Y la verdad es que no me extraña. Puede que algunos abrazos no cuesten dinero, pero lo que sí tienen en común todos los abrazos mal dados es que siempre, a la no tan larga, salen muy caros.

Quizá por eso ninguno de los intentos que he podido leer por ahí, tratando de descifrar la aparéntemente sencilla liturgia del acto de abrazarse, me ha ayudado demasiado. Quizás por ello vaya a ser yo el próximo en naufragar.

El abrazo viene a ser a las relaciones humanas lo que el cargador al teléfono móvil. Mejor que nunca te lo dejes en casa, no sea que lo acabes suplicando a a las tres de la mañana ante cualquier recepción de hotel.

Para dar un abrazo en condiciones, en primer lugar, hay que haberlo extrañado mucho, hay que haberlo extrañado bien. Los que no tuvieron tiempo de despedirse saben perféctamente de lo que estoy hablando. Los que nunca se atrevieron a pedirlo, también.

Su significado es siempre el mismo, bajo cualquier circunstancia, en cualquier país, de cualquier lengua, credo o tradición, y parte de la segunda condición fundamental para dar uno como dios manda. Necesitas lo que significa. Y significa, en esencia, que no estás solo.

A partir de aquí los requisitos se van complicando. Y es que todo depende de tener algo muy fuerte en común. Algo que, de pronto y sin haberlo previsto, sintáis los dos con la misma intensidad. Se trata de un momento, de un solo instante. El tiempo justo para que ese algo tan real y tan verídico no pueda dibujarse con palabras.

No se si me explico. Pero si eso ocurre, todo cambia. Desde ese momento, abrazarse ya es otra cosa. Estáis atrapando verdades. Una cacería de instantes. Un compresor de realidad. Enzarzarse en las ganas del otro y apretar hasta que se extingan.

Me fascinan los abrazos bien dados. Creo que resultan aún más memorables que cualquier palabra, gesto o relación. La única forma física conocida que tiene el ser humano de parar el tiempo. El único punto y seguido entre todo lo que se puede llegar a sentir.

No se muy bien por qué hoy me ha dado por hablar de esto. Supongo que porque creo que andamos muy faltos de abrazos reales. O quizás porque a más de uno, hoy le vendría muy bien.

El caso es que, lamentáblemente, a los abrazos les pasa como a los besos, las caricias, los matrimonios, o las patadas en los huevos.

Si no los consumas a tiempo, acaban todos caducando.

Risto Mejide. Diario ADN. Viernes 6 de Marzo de 2009

De agonías y lamentos (en prosa)

Esta mañana me levanté y descubrí que algo había cambiado, me seguía sintiendo solo, me seguía sintiendo agotado, pero faltaba un sonido o por lo menos llegaba más amortiguado.

Me dirigí a la cocina y mientras calentaba la leche puse la radio, las noticias narraban en Gaza otro bombardeo, hablaban de más despidos en casa, y mientras miraba el fuego sólo notaba un vacío enorme que se extendía por el pecho.

Nada me afectaba, el llanto no reclamaba más lágrimas, y es que en algún sitio había perdido los sentimientos, en algún lugar empezó a no importarme nada.

Al girarme algo me llamó la atención, mi reflejo en el cristal todavía vacilaba y al dar el siguiente paso gesticuló, me hacía señas para que me acercara y me hablaba sin emitir ninguna voz.

Al pegarme al cristal tiró de mí hasta que me hizo atravesarlo, los fragmentos cortaron mi cara y la sangre cayó por mi cuello, mientras desde sus ojos sin vida salía un sonido de lija que ardía en mi cerebro:

“¿Para qué quieres sufrir?, ¿por qué quieres sentimientos?, ¿todavía no te das cuenta verdad?… son sólo las cadenas que te atan a todo lo que fue deseo.”

El siseo de la leche me devolvío a un mundo que casi no recuerdo, el olor a quemado llenaba la cocina mientras miraba trepar por el cazo las lenguas de fuego.

Cuando la lava blanca lo apagó dudé en cortar el gas un momento, porque si no había mundo que importase, ni memoria que me recordase lo que era un lamento, ¿porqué seguir adelante?… y entonces miré mi reflejo.

El guiño dedicado está grabado en mi cabeza, y desde ese día comprendo que su oscuridad es la que invade mi interior, que llevo dentro el infierno, y que el sonido que falta es el de mi corazón, que no está amortiguado sino que símplemente está muerto.

Todos somos pequeños

Hace no mucho descubrí una especie de alucinación óptica que creo viene a representar la pérdida, la ruptura e incluso el vacío. La alucinación, pues como tal debo llamarla ya que el hecho sólo se producía en mi cabeza, consistía en ver a la persona con la que hablaba cada vez más pequeña lo que provocaba que pareciera más lejana; o puede que la viese más lejana y por ello pareciera más pequeña… y no sólo se quedaba en un efecto óptico pues su voz cada vez me llegaba más débil, como si tuviera que hablar a través de una espesa niebla…

Sólo puedo describir la sensación como si uno de los dos estuviera montado en una cinta transportadora ya que, a pesar de que físicamente mi cuerpo seguía a un metro de distancia de mi interlocutor, tenía la sensación de que me había alejado tanto que con la mano podría abrir la puerta de la calle que reálmente se encontraba a mis espaldas a unos cinco metros… supongo que el que se encontraba en la cinta era yo, o quizás eran sus palabras las que me alejaban cada vez más.

Al salir de la ensoñación uno se encontraba acompañado por la pena, pena por saber que alguien de quien nunca imaginé alejarme de repente dejaba de encontrarse a mi lado con cada palabra, pero también de pena porque por ningún lado experimentaba el deseo de recorrer esa distancia para que no se hiciese cada vez mayor…

¿Qué pasa sin embargo si lo que se aleja de tí es todo un mundo?. Cambiemos de escenario y recurramos al recurrente pasillo de las pesadillas de cualquier película de terror del tres al cuarto. Y al final una puerta a través de la cual vislumbras un futuro.

Ahora imaginemos que cuando por fin he recorrido ese pasillo, he abierto la puerta y me he encontrado ante una vida que nunca imaginé pero que te llena de ilusión, tanta que decides dar un paso y cruzar el umbral para adentrarte en ella… y en el momento en que levantas el pie la cinta se activa y te empieza a alejar.

En un primer momento confusión, la suficiente como para dudar el segundo que hace que ya no consigas agarrarte al marco de la puerta.

Lo siguiente, la desesperación, porque esta vez sí quieres recorrer esa distancia que cada vez se agranda más pero por cada paso que das la distancia se acentúa.

Ves al otro lado de la puerta las personas a las que quieres a pesar de sólo haberlas vislumbrado fugázmente y le gritas para que te ayuden, que te abracen para no dejarte marchar o que símplemente pongan su mano en la tuya, porque sabes que el más mínimo contacto detendría la cinta, te arrancaría de su marcha, te haría pasar al otro lado. Sin embargo nadie se gira, nadie parece oirte, o símplemente a nadie le importa…

Y te esfuerzas por correr en contra de la cinta, y te conviertes en el niño que quiere subir por las escaleras mecánicas de bajada de las estaciones de tren, y ni siquiera tienes la esperanza de lograr llegar trastabillado porque la cinta cada vez va más rápido mientras que uno cada vez se encuentras más cansado.

Es una carrera de fondo en la que la meta es imposible divisarla, una carrera en la que cuando gritas pidiendo ayuda sólo consigues perder aún más el poco aliento que te queda, una carrera sobre una distancia imposible de cubrir por mucho que perseveres… y en el fondo lo sabes.

Y en el fondo lo sabes…. lo sabes porque una voz dentro de tí te pregunta quién fue el que te dijo que podías pertenecer al mundo que observaste, quién fue el que te hizo concebir esa esperanza descabellada… y al final dejas de correr con todo el cuerpo dolorido, boqueando para intentar llenar los pulmones de oxígeno mientras tu cuerpo tiembla de cansancio y puede que de pena, mientras la puerta cada vez se ve más pequeña….

Es entonces cuando te das cuenta de que desde el otro lado te están mirando… y también en el fondo sabes lo que ven… a alguien cada vez más pequeño…

No sabía que pudiera doler tanto

Me despierto faltándome el aire, asustado miro a mi alrededor… y una vez más compruebo que no hay manos que rodeen mi cuello. Lo se, sólo soy yo.

¿Cómo saberlo?, ¿cómo haberlo previsto?. No sabía que pudiera doler tanto.

Dicen que si en una habitación oscura eres capaz de saber que no hay luz es porque entonces en algún momento la has conocido; y supongo que lo mismo debe ser válido para la felicidad, si la echas en falta es que alguna vez disfrutaste de ella… pero ¿puede estar tan alejado el momento que ya no lo recuerdes?.

Sin embargo esto es totálmente distinto. ¿Cómo enfrentarse a este dolor si nunca has sentido algo igual? Ahora me doy cuenta, no son unas manos invisibles, es una losa de peso infinito que me aplasta, que no permite que mi pecho se mueva para que mis pulmones cojan aire, aún peor, que ya no deja espacio ni siquiera para que mi corazón pueda latir una vez más.

Me giro en la cama y da lo mismo, la losa siempre se encuentra sobre mí, no la veo pero siento su peso, no la veo pero siento su frialdad, no la veo… pero me sigue haciendo daño.

Doy un puñetazo en el colchón, un puñetazo de rabia, de frustración, de incomprensión, de miedo irracional porque no se como librarme de esta sensación, al final lloro y me quedo dormido…

La losa me vuelve a despertar y ya he perdido la cuenta de las veces que se ha repetido la misma angustia… hubiera dado lo mismo que el despertador no sonase porque sólo era cuestión de tiempo. Me siento en la cama, me pongo en pie, y descubro que la losa debe estar en mi interior porque sigue asfixiándome.

Si no me puedo librar del dolor ¿podré llegar a acostumbrarme a él?, ¿podré llegar a olvidar que sigue ahí y me acompaña cada segundo?. Me vuelven a dar ganas de llorar, pero ahora no puedo permitírmelo, ha amanecido, no respiro ni mi corazón bombea sangre, pero sigo andando y la losa se viene conmigo a continuar la vida.